Abrir el corazón a Dios puede cambiarlo todo Juan 3, 31-36
- Comunicación Arquidiócesis San José

- 16 abr
- 3 Min. de lectura
Lectura del santo evangelio según san Juan
Juan 3, 31-36
El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él'.
Hay palabras del Evangelio que pueden parecer fuertes al inicio, pero cuando se entienden desde el amor de Dios, cobran un sentido completamente distinto. Este pasaje de Juan 3, 31-36 nos habla de algo muy profundo: de dónde viene Jesús y de qué depende realmente nuestra vida.
Jesús viene “de lo alto”. No habla solo desde lo humano, no se queda en lo superficial. Él viene de Dios y por eso lo que dice tiene un peso distinto. No es solo un mensaje bonito o una enseñanza más. Es la verdad.
Pero el texto también dice algo que duele un poco: “nadie acepta su testimonio”. Y si somos sinceros, eso sigue pasando hoy. Muchas veces escuchamos a Dios, pero no necesariamente lo dejamos entrar. Sabemos lo que está bien, pero nos cuesta vivirlo. Escuchamos, pero no siempre creemos de verdad.
Creer no es solo decir “sí, creo en Dios”. Creer es abrir el corazón. Es confiar. Es dejar que lo que Jesús dice transforme nuestra vida.
El Evangelio lo deja claro: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. No habla solo de una vida después de la muerte, sino de una vida que empieza desde ahora. Una vida llena de sentido, de paz, de propósito.
Y aquí es donde entra algo muy importante: la libertad.
Dios no obliga a nadie. Nos ama tanto que nos deja decidir. Podemos abrirnos a Él o cerrarnos.
El Papa Francisco lo explica de una forma muy clara: el “juicio” no es algo lejano que pasa al final de los tiempos. Empieza hoy, en lo cotidiano, en cada decisión. Cada vez que elegimos amar, confiar, perdonar, acercarnos a Dios, estamos eligiendo vida. Y cada vez que nos cerramos, que nos alejamos, que rechazamos ese amor, somos nosotros mismos los que nos limitamos.
No es que Dios nos quiera castigar. Es que, si nos cerramos a su amor, nos quedamos sin lo único que realmente puede llenarnos. Y aquí hay una verdad que consuela muchísimo: el amor de Jesús es más grande que cualquier error.
No importa cuántas veces hayamos fallado, no importa cuántas veces hayamos dudado, no importa lo lejos que sintamos que estamos, siempre podemos volver. Pero hay una condición: abrir el corazón.
Abrirse a Dios implica reconocer que lo necesitamos, ser honestos, pedir perdón, querer cambiar. Dios no busca perfección, busca disposición.
Este Evangelio no busca asustarnos, busca un despertar. Recordarnos que la vida verdadera está en Dios. Que creer no es teoría, es una decisión. Y que la salvación no es algo automático, es una relación que se construye día a día.
Hoy la pregunta no es si Dios está dispuesto a amarte, porque esto ya está claro.
La pregunta es: ¿estás dispuesto a abrirte a ese amor?




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