Mis ovejas escuchan mi voz Juan 10, 22-30
- Comunicación Arquidiócesis San José

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Lectura del santo evangelio según san Juan
Juan 10, 22-30
Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón. Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente”.
Jesús les respondió: “Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.
En este Evangelio nos situamos en un momento de tensión: Jesús es cuestionado directamente sobre su identidad como Mesías. Sin embargo, su respuesta no se centra en dar una declaración teórica, sino en señalar sus obras y la falta de fe de quienes lo interpelan. Esto nos recuerda que la fe no depende solo de tener información, sino de la disposición del corazón para reconocer a Dios actuando en la vida cotidiana.
Jesús introduce la imagen del pastor y las ovejas para explicar la relación con sus seguidores. No se trata de una relación distante, sino profundamente cercana y personal. Él afirma: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”. Aquí se revela que la fe auténtica implica una relación viva con Cristo, donde hay escucha, conocimiento y seguimiento.
El Papa Francisco profundiza en esta idea al explicar que “escuchar” no es algo superficial. No basta con oír palabras o conocer enseñanzas; se trata de una escucha comprometida, una escucha del corazón. Es decir, implica abrir la vida a Dios, dejarse interpelar y permitir que su voz transforme nuestras decisiones y actitudes.
Además, esta escucha verdadera genera un vínculo profundo con Jesús. Él no solo es maestro, sino también guía, amigo y salvador. La imagen del pastor muestra un amor cercano y protector. No somos una multitud anónima, sino personas conocidas y amadas individualmente por Cristo, lo que da un sentido de dignidad y pertenencia a nuestra vida de fe.
Jesús también promete algo central: la vida eterna. Cuando dice que nadie puede arrebatar a sus ovejas de su mano, está hablando de una seguridad que va más allá de las dificultades del mundo. Según explica el Papa Francisco, solo Jesús puede afirmar esto, porque su mano es una con la del Padre. Esto nos revela la unidad profunda entre el Padre y el Hijo, y la garantía de que el amor de Dios es más fuerte que cualquier amenaza.
Finalmente, este Evangelio nos invita a preguntarnos: ¿estamos realmente escuchando la voz de Jesús? No se trata solo de creer en Él, sino de seguirlo con coherencia. Escuchar su voz implica confiar, dejarse guiar y vivir según su mensaje. En un mundo lleno de ruidos y distracciones, este llamado es claro: volver al corazón, reconocer la voz del Buen Pastor y caminar con Él hacia la vida plena.




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