En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le contestó: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”. Pero Jesús le replicó: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.
Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.
Este Evangelio nos presenta a Jesucristo en el desierto, enfrentando la tentación. Antes de iniciar su misión pública, Jesús atraviesa un tiempo de prueba. No es un detalle secundario: el Espíritu mismo lo conduce al desierto. Allí, en la soledad y el hambre, el tentador intenta desviarlo del camino proponiéndole falsas maneras de ser Mesías: el poder, el espectáculo y la autosuficiencia.
Las tres tentaciones tocan dimensiones muy humanas: el hambre (necesidades materiales), el deseo de reconocimiento y la ambición de poder. Pero Jesús responde siempre con la Palabra de Dios. No dialoga desde el orgullo ni desde el miedo, sino desde la fidelidad al Padre. Él muestra que la verdadera vida no se sostiene solo en lo material, que Dios no se usa para probarlo todo, y que solo a Él se debe adorar.
El Papa Benedicto XVI explica que el tentador no empuja directamente hacia el mal, sino hacia un “falso bien”, algo que parece conveniente o incluso bueno, pero que en el fondo desplaza a Dios. En las tentaciones está en juego la fe, porque está en juego a quién ponemos en el centro: ¿a Dios o a nuestro propio yo? Cada día vivimos esa encrucijada.
Además, el Papa recuerda que Jesús asumió nuestras tentaciones para darnos su victoria. Por eso no debemos tener miedo del combate espiritual. El Evangelio nos invita a enfrentar nuestras luchas con Cristo, confiando en que Él ya ha vencido. En cada decisión, en cada prueba, estamos llamados a elegir el verdadero Bien y a renovar nuestra fidelidad a Dios, sabiendo que después del combate viene la gracia y el consuelo.
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