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Levántense y no teman Mateo 17, 1-9

Lectura del santo evangelio según san Mateo

Mateo 17, 1-9


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.


Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.


Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.


Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

El Evangelio de la Transfiguración nos presenta a Jesús que lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto y allí se manifiesta en su gloria. Su rostro resplandece y sus vestiduras se vuelven blancas, revelando por un instante su identidad divina. No se trata de un simple milagro, sino de una revelación profunda: Jesús deja ver quién es realmente antes de que sus discípulos lo contemplen desfigurado en la cruz. El Papa Francisco explicó en el Ángelus (12 de marzo de 2017) que esta “luminosidad” simboliza el objetivo de iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que comprendan claramente quién es su Maestro.


La aparición de Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, confirma que toda la historia de la salvación encuentra su cumplimiento en Cristo. No es un personaje aislado, sino el centro del plan de Dios. En este contexto, la voz del Padre desde la nube proclama: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. El Papa Benedicto XVI enseñó que en la Transfiguración “Jesús quiere fortalecer la fe de los discípulos ante la prueba de la pasión”, mostrando que la cruz no será un fracaso, sino el camino hacia la gloria. La invitación a “escucharlo” sigue siendo actual: la fe nace de la escucha obediente de la Palabra.


Pedro, deslumbrado, propone hacer tres chozas. Quiere quedarse en la experiencia luminosa y evitar el descenso. Esto refleja nuestra tentación de buscar solo momentos de consuelo espiritual. Sin embargo, Jesús los conduce nuevamente al camino. Como recordó el Papa Francisco, Cristo mostró su gloria “no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz”. La experiencia del Tabor no elimina el sufrimiento, sino que da sentido y esperanza al atravesarlo.


Cuando los discípulos caen llenos de temor, Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levántense y no teman”. Este gesto revela la ternura de Dios. El encuentro con su gloria no es para paralizar, sino para levantar. La cruz, como afirma el Papa Francisco, “no es un ornamento”, sino “un llamamiento al amor con el cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad”. Contemplar la Transfiguración nos ayuda a comprender que el camino cristiano pasa por la entrega y el amor concreto.


Finalmente, el mandato de guardar silencio hasta después de la Resurrección indica que solo a la luz de la Pascua se comprende plenamente el misterio de Cristo. La Transfiguración es un anticipo de la victoria final. Nos invita a subir al “monte” de la oración para renovar la fe, pero también a bajar para vivir la misión. En cada cruz personal, el Señor nos recuerda que la gloria no está lejos: quien camina con Él, triunfará con Él.

 
 
 

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